VALOR PRESENTE
Rubén Meraz Figueroa*
En muchos países del mundo, la alimentación humana es en base al consumo de cereales tales como: Trigo, Arroz y maíz, entre otros. Por tal motivo resulta tan importante lo que está sucediendo en nuestro planeta, en términos de producción de: cereales, demanda mundial de los mismos y comportamiento de sus precios, en el mercado internacional.
Aunque en ningún tiempo los precios de estos productos han dejado de incrementarse, es de notar que en los últimos tres años el impacto causado por las economías del mundo -observado en los indicadores económicos más relevantes- fue mayor, al grado que se generó una reacción en cadena que fue capaz de arrastrar a prácticamente a todos los cereales en el crecimiento espectacular de su demanda y cambios apresurados a la alza en sus precios.
Actualmente las condiciones inéditas que se esta viviendo en la producción y consumo de cereales en el mundo, corresponden a la combinación de aspectos que tienen que ver con el ambiente económico del planeta; los precios inusitados que registra el petróleo hoy día, han propiciado cambios importantes en los precios de los fertilizantes en el mundo, así también, una demanda acelerada de granos y cereales (concretamente maíz y trigo) para la producción de etanol. Sin embargo, lo más grave es que la producción mundial de cereales no se incrementa y las reservas en el mundo cada vez se observan más disminuidas.
Nuestro país es uno de los miembros firmantes del Tratado de Libre Comercio (TLCAN) y curiosamente, es el que menor superficie agrícola explota con cereales comparado con sus socios comerciales, pero además, resulta que también es el que obtiene menores rendimientos unitarios. La Unión Americana produce 10.1 toneladas por hectárea de maíz, mientras que México apenas llega a 2.9 ton/ha. Canadá produce en frijol 1.8 ton/ha, México lo hace con 0.7 ton/ha EU produce 7.8 toneladas de arroz por hectárea y México lo hace con 4.9 toneladas por hectárea.
México, es un país “productor” y consumidor de cereales; estos tienen una gran demanda nacional. Además, en comparación con otros cultivos efectuados en el país, estos representan el riesgo más bajo en términos de su producción. Sin embargo, pese a la gran demanda interna, estos cultivos al igual que el resto de las actividades agropecuarias reciben escasa atención, se realiza una paupérrima investigación y por ende hay escaso desarrollo tecnológico. Las tecnologías en uso, son en la gran mayoría de los casos, obsoletas. Además, hay que agregar que precisamente estos productos –cereales-, ocasionan deterioros crecientes en los ingresos del pequeño productor por el abuso de intermediarios incrustados en la comercialización de insumos, servicios y productos. Tal situación está obligando a realizar importaciones crecientes de cereales, al grado que hoy día las importaciones de maíz son superiores al 40% del requerimiento nacional, sorgo 50%, trigo un 55% y arroz cerca del 70% de las necesidades actuales.
Por el lado de las oleaginosas las cosas no son diferentes; con el agravante de que estos productos, son más costosos y consecuentemente las salidas de divisas son más elevadas.
En 2006, se importaron 5.5 millones de toneladas, con un valor 14 mil millones de pesos, cuyo destino fue principalmente la elaboración de aceites comestibles, principalmente de soya y canola. La demanda de oleaginosas tanto en México, como en el resto del mundo es creciente y la producción nacional solamente satisface menos del 7 % de la demanda anual de la industria aceitera.
Las oleaginosas también tienen que ver con la producción de biocombustibles (Biodiesel y etanol) mismos que tienen una demanda mundial creciente.
VALOR FUTURO
Dado que las importaciones de cereales y oleaginosas son crecientes en nuestro país, resulta interesante retomar nuevamente cultivos en desuso o “abandonados” e incorporar nuevas oportunidades de producción con cultivos no conocidos, pero que en latitudes similares a las de México ha sido posible obtener resultados satisfactorios.
Estoy convencido que la estrategia diseñada para hacer que la producción agropecuaria, crezca y se obtenga en el corto plazo un resultado alentador, sigue estando débil y sobre todo ha sido de escasa penetración en el corazón de los problemas.
El cambio para asegurar el incremento de la producción, debe ir acompañado además de inversión, de un seguimiento y participación continua en el desempeño y desarrollo de las pequeñas o grandes empresas cuando menos dos ciclos de producción
Lanzar a los pequeños productores con proyectos y “apoyos medio completos” y dejar que ellos encuentren la salida, ha sido un gran error. Solo es cuestión de hacer un recuento de como han venido sucediendo las cosas en los últimos tres lustros; permitámonos observar los resultados de la inversión efectuada: grandes gastos administrativos y pobres resultados productivos. Además, engaños frecuentes para exacerbar la impotencia del productor.
Cambiar esta situación no es fácil, por tal motivo para el seguimiento y valoración de los resultados, se deben “acomodar” muy cerca uno del otro el pequeño productor y el o los asesores; las participaciones deben eficientarse y evitar tratar de arreglar el escenario desde la oficina refrigerada.
Los pequeños productores no están debidamente enterados de lo que sucede en el mundo, tanto en lo que respecta a tecnología, como de mercados y nuevos cultivos que pudieran rescatarse en un marco de aplicar nuevas tecnologías buscando rentabilidad competitiva.
Buena suerte para los nuevos funcionarios -oficiales y ejecutivos- de organismos de productores capaces de observar el horizonte con la claridad que los tiempos demandan y procedan a utilizar los recursos y apoyos que el Estado esta ofreciendo para que sucedan los cambios que el país demanda
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